"Eventualidades triangulares", de Juan Manuel Avila
"Il Verde", de Vanesa Cotroneo
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Entre el más allá y el menos acá.
Juan Manuel Avila
Sigiloso, como si la casa no fuese suya, él se escabulle por las fauces del pasillo formado por dos tapias de ladrillos enmohecidos, que le llegan a los hombros. Se agazapa para evitar el contraste entre un horizonte de precoz tarde de otoño y el perfil de su cabeza que ya acusa calvicie. El pasillo se acorta a sus pasos, y la puerta se agiganta a sus ojos.
Adentro, dos narices entablan un diálogo. Una nariz se contrae y dilata en un esfuerzo que quizás a la otra nariz le parezca vano. Bocanadas de aire caliente se tropiezan con los dientes y caen sobre el borde de la cama, acompañadas intermitentemente por algún insulto, siempre dentro de los parámetros aceptables para ese tipo de faenas.
El hombre del pasillo desliza con suavidad la llave por la cerradura, y en un intento exitoso de seducir a la madera para que esta vez no cruja al abrirse, pega el cuerpo a la puerta como años antes lo pegó al de su mujer. Su mujer, que ahora solo es una nariz callada, una nariz sumisa ante el aire caliente y los insultos casi necesarios para ciertas tareas. SU mujer, no la del otro.
Un piso encerado recibe al ingresante con un reflejo que duplica su presencia. Los espacios entre los muebles y electrodomésticos se modifican a su paso, y entre el hombre y las sillas, entre el hombre y la mesa, se baila un vals improvisado por la música de los objetos suavemente empujados.
Sembrando sus pasos al ritmo de los jadeos cercanos desfloró el cajón más alto del armario y se volvió uno con el acero del revolver, cargó de melodía el tambor, y experimentó el comienzo de una leve erección. ¿Todos listos? Vamos.
La bala gira en el cañón del revolver, y a nosotros, los lectores, nos parece que lo hace despacio, pero es solo un efecto cinematográfico.
La bala avanza en una habitación donde dos hombres y una mujer parecen estáticos. Uno de los hombres está atrapado en medio de un insulto o un jadeo, vestido con ropa industrial azul, sentado frente a una estufa, junto a su caja de herramientas y totalmente ignorante de la máquina de muerte que ha sido accionado hacia él. Otro, detrás del revolver, con los ojos cerrados y el puño crispado contra el gatillo. Y por último una mujer sentada en la cama con la boca abierta en una mueca de espanto, formando el tercer punto necesario para la confección de un triángulo.
22:30 HS.
Bar de la facultad de Filosofía y Letras (Puan 480, subsuelo)
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Leerán:
Vanesa Cotroneo (Poesía)
Juan Manuel Avila (Prosa)
Nicolás Raúl Correa (Prosa)
Eugenia Clara Fernández Lemos (Prosa)
Fernando Luis Lozano (Prosa)Invitados:
Teatro a cargo de los integrantes estables del grupo Cruce
Cantante (Liliana y su presencia armonizadora)
Y el guitarrero, don Iván... (que se las trae)
Walter y su alto bajo...
Un día un byte quiso existir
e inventó las computadoras.
Se sintió solo, y tomándose un bus de datos
salió a buscar compañeros como él.
Un bostezo, y mil veinticuatro compañeros,
se hicieron llamar kilobyte, el Supremo.
____Cuentan que ante ellos un tirano se presentó
____con sus ciclópeas cinco pulgadas y cuarto
____y de los Supremos hizo supremos.
Un suspiro, en el cual mil veinticuatro supremos
se unieron para hacerse llamar megabyte, el Feroz.
____Tal su fuerza fue
____que ni dos feroces hacía falta
____para reventar esa jaula
____que los ancianos llamaban diskette
Un parpadeo, y ya eran mil veinticuatro feroces
en divina cofradía se nombraron gigabyte, en Amplio.
____Y del grillete del sacro CD se despojaron
____dejando tras de sí la estela de millones de cavernas
____y pen drives estrellados contra el borde de un cordón.
Un destello neuronal, nada más, y mil veinticuatro amplios
sellaron el pacto para conformarse como terabyte, el Depredador.
Un día un byte quiso existir
e inventó las computadoras
lo cual nos hace preguntar antes:
______________________¿Cuántos bytes entran en el mundo?
______________________a
______________________¿Qué carajo es un byte?