PRÓXIMA FUNCIÓN

¡Cruce en Cuarentena!


Por razones de conocimiento público, la escuela a la que íbamos a asistir ha cerrado sus puertas.

Por lo tanto la función queda suspendida... así que quédense en sus casas, abríguense, y tengan miedo a la gripe A, que es lo que está de moda.

jueves, 23 de agosto de 2007

Revolución: Imposible

Fernando Luis Lozano

- Levantate, mi amor, son las seis y media, vas a llegar tarde.

No: no era ni mi esposa, ni mi amante, ni una novia que de casualidad se había quedado a dormir en casa. Era mi vieja que me avisaba que tenía que despertarme.

- Llegas tarde al colegio, dale.

Yo le contesté con la sutileza que me caracteriza con un “¡Ya va, mamá, ya va!” y me dirigí rápidamente al baño a lavarme la cara y los dientes. Ya limpio y cambiado, decidí correctamente que debía tomar el desayuno, cuando noté que eran las siete y que solamente tenía tiempo para la pequeña discusión matinal con mi madre.

Hambriento, molesto y conectado a mis auriculares me dirigí como todos los días laborales a tomar el colectivo. El 269, como siempre, se encontró lleno. “Un peso” dije y me preparé para el viaje hacia Morón, metrópolis de la suciedad y el desorden. A pesar de eso, la amo. Bajé en la Universidad, como centenares de mis pares – los pasajeros, claro- lo hacen a diario. La cuadra y media que separa la parada de la estación me despabiló. Subí al 244, retomé mi viaje, esta vez sentado cómodamente. Desde allí comencé a ver la pobre realidad que viven algunas personas.

“¿Por qué?” me pregunté. “¿Por qué nos pasa esto? Fuimos un país importante y ahora somos un poco más que nada. Toda esta gente se merece un lugar digno donde puedan vivir, y no esas ratoneras que lidian con el Reconquista; ellos merecen hospitales que no se caigan a pedazos; merecen ...”. Antes de terminar de pensar esa frase, me di cuenta que estaba llegando a la estación de Hurlingham, centro de mis estudios secundarios. Empujando a medio mundo, llegué al deseado timbre. Bajé apresuradamente: se me hacía tarde y tenía que estudiar para Historia.

A eso de las siete y media llegué al establecimiento. “Me quedan 15 minutos para un cigarrillo”, pensé. Entré al baño y los chicos ya estaban en sus respectivos sitios. Comencé a conversar, cigarrillo en mano, cuando de pronto vino a mi mente aquello que vi a partir de Morón. Recapacité y me dije: “flaco, tenés que hacer algo por esas personas, ¿o no? Organizá algo grande, así se enteran todos y lográs...”

“¡Sí!”, grité. Los chicos se paralizaron y uno de ellos me dijo: “¿querés que nos amonesten, enfermo mental? ¿No ves que están formando y que nosotros nos quedamos acá?” No me importó el reto de ese muchacho, yo seguía pensando en mi futura obra.

Apenas terminaron las clases, engañé al 244 con un remis que me salió más del triple de la tarifa, pero no me importó porque me estaba por preparar para la gran hora. Llegué a Morón y compré toda ropa bien nacional –porque soy nacionalista, pero sin zeta- para demostrarle a las cámaras por lo que iba a luchar. Mi plan era sencillo: llamaba a los medios más escandalosos y listo; pasaban la noticia por todos lados y toda la población humilde de la Nación se uniría para defender mis ideales. Ya veía mi rostro estampado en bustos de mármol adornando todas las plazas del país y porque no, del mundo. Debajo, una pequeña reseña: “Ilustre luchador argentino de los derechos humanos, etc., etc., etc.”

Ya en casa, dispuesto a todo y discurso en mano, me propuse telefonear al canal de TV más amarillo posible. Disqué hasta que me atendió la voz de un contestador automático: “Si llama por un asesinato, marque 1; por un robo, 2; por una violación, 3 o aguarde y será atendido” Más que obvio, esperé a que me atiendan. Luego de 5 minutos de una desesperada espera me atendió un tal Carozo, quien antes de dirigirme la palabra gimió: “Despacio Narizota, despacio... así, así... me gusta así...”. No comprendía la situación, y por ello velozmente le comenté mi caso. Este Carozo me dijo: “nene, ¿no tenés otra cosa que hacer?” y me colgó. Indignado, lloré durante horas, por la indiferencia de esa persona para con mi y su causa. Luego, ya con menos lágrimas pero con más tristeza, oigo la apertura de la puerta: eran mis padres. Les comenté mi brillante plan. Había vuelto a cobrar la fuerza luchadora que tenía en un principio. Cuando terminé, me sentía más que satisfecho conmigo mismo. Mis padres, agotados por una extensa jornada de trabajo, me contestaron al unísono y suavemente: “¿por qué no te dejas de joder y te comés un pedazo de pizza casera que te hizo la abuela y te vas a dormir, que mañana tenés que ir al colegio, dale?”

Con el ánimo por el piso, les hice caso y a eso de las diez de la noche me quedé dormido leyendo “Historia del Peronismo” de Hugo Gambini.

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